EL PLANETA AZUL

La Tierra, con su atmósfera y océanos, su compleja biosfera, su corteza relativamente oxidada, rica en sílice, sedimentos, productos volcánicos y rocas plateadas metamórficas de silicatos, con sus casquetes de hielo, desiertos, bosques, tundras, junglas, pastizales, lagos de agua pura, yacimientos de carbón, depósitos de petróleo, volcanes, fumarolas, fábricas, automóviles, plantas, animales, campo magnético, ionosfera, arrecifes submarinos, cubierta persuasiva… es un sistema de sorprendente complejidad.

J. S. Lewis. Geólogo norteamericano54

Un viajero espacial imaginario que se aproximara al sistema solar y que proviniera de la inmensidad interestelar, encontraría un escenario muy interesante. Imaginemos que somos nosotros esos viajeros y que estamos llegando al plano de la eclíptica (el gran círculo de la esfera celestial en el que se mueven los planetas grandes de nuestro sistema solar).

El primer planeta que encontraremos es Plutón, un lugar totalmente frío, con una temperatura de unos –238°C. Posee una atmósfera delgada en estado gaseoso sólo cuando se aproxima ligeramente al sol en su órbita más bien elíptica.

En otros momentos la atmósfera se convierte en una masa congelada. En resumen, Plutón es una esfera sin vida cubierta de materia congelada.

Avanzando hacia el sol, el próximo encuentro es Neptuno. También es frío: unos –218°C. La atmósfera, que consiste de hidrógeno, helio y metano, es venenosa para la vida. Los vientos soplan a unos 2000 km/h, con ráfagas que cruzan toda su superficie.

Después viene Urano, un planeta gaseoso con rocas y otras materias congeladas en la superficie y con una temperatura de –214°C. La atmósfera también consiste de hidrógeno, helio y metano, inapropiada para que los seres humanos vivan allí.

saturn

A continuación se nos presenta Saturno. El segundo en tamaño en el sistema solar, tiene la notable particularidad del sistema de anillos que lo rodea, constituido de gases, rocas y otros elementos congelados.

Una cosa interesante de Saturno, de las muchas que posee, es que se compone totalmente de gases: 75 % de hidrógeno y 25 % de helio. Tiene una densidad menor a la del agua.

¡Si usted quiere »aterrizar« allí, es mejor que el diseño de su nave espacial sea como el de un bote inflable! La temperatura media también es baja: –178°C.

Después nos encontramos con Júpiter, el planeta más grande del sistema solar, 318 veces el tamaño de la Tierra. Al igual que Saturno, también es un planeta gaseoso.

En los planetas gaseosos es difícil decir cuál es la temperatura de »superficie«, pues ésta y la »atmósfera« no poseen un límite definido. La atmósfera superior de Júpiter, en donde se pudo medir –143°C, posee un rasgo notable: el llamado Gran Punto Rojo.

Fue advertido por primera vez hace 300 años. Los astrónomos saben ahora que se trata de un enorme centro de tormentas que ha estado bramando en la atmósfera Joviana durante siglos.

Júpiter es suficientemente grande como para engullirse un par de planetas del tamaño de la Tierra. Su visión puede resultar conmovedora, pero no sirve como habitat para el ser humano, quien moriría inmediatamente allí debido a sus bajísimas temperaturas, vientos violentos e intensa radiación.

Luego viene Marte, cuya atmósfera no puede albergar la vida humana porque está compuesta principalmente de dióxido de carbono. La superficie tiene cráteres por doquier: es el resultado de eones de impactos de meteoros y vientos fuertes que barren la superficie del planeta y producen tormentas de arena que a veces duran días o semanas.

Las temperaturas varían mucho pero se reducen hasta –53°C. Se especuló mucho sobre la posibilidad de vida en Marte, pero todas las evidencias indican que también es un mundo inanimado.

Dios ha creado con un Şn los cielos y la tierra. Ciertamentei hay en ello un signo para los creyentes. (Corán 29:44)

Alejándonos de Marte y yendo hacia el sol advertimos un planeta azul que decidimos pasar por alto mientras exploramos otras zonas. Nuestra investigación nos lleva a Venus.

Está cubierto por todas partes con brillantes nubes blancas, pero la temperatura en la superficie es de 450°C, suficiente para que el plomo se derrita. La atmósfera se compone principalmente de dióxido de carbono.

mars

Incluso Marte, el único planeta que se asemeja físicamente a la Tierra, no es más que una pelota de piedra árida e inerte.

La presión atmosférica en la superficie es igual a 90 atmósferas terrestre: en la Tierra hay que descender un kilómetro en las aguas del mar antes de alcanzar una presión así de alta.

La atmósfera de Venus contiene estratos de varios kilómetros de espesor de ácido sulfúrico gaseoso. Cuando llueve en Venus, se trata de una lluvia distinta a la que conocemos aquí: llueve ácido. En un lugar tan infernal no podría existir ni por un segundo ningún tipo de vida, humana u otra.

Más adelante en nuestro viaje nos encontramos con Mercurio, un mundo pequeño, rocoso, golpeado por el calor y la radiación del sol. Su rotación se ha visto tan disminuida debido a la proximidad del sol, que el planeta realiza solamente tres rotaciones axiales en el tiempo que le lleva girar dos veces alrededor del sol.

En otras palabras, dos de los »años« de Mercurio resultan iguales a tres de sus »días«. Debido a ese prolongado ciclo diurno, una parte de Mercurio se vuelve extraordinariamente caliente mientras que otra parte es extremadamente fría.

La diferencia entre las temperaturas de ambas partes es de 1000°C. Por supuesto, un medio ambiente que no puede albergar la vida.

Para resumir, hemos visto ocho planetas y ninguno de ellos, incluidos sus 53 satélites, ofrecen nada que podría servir de asilo a la vida. Cada uno de ellos es una bola inerte de gas, hielo o roca.

Pero, ¿qué sucede con el planeta azul que pasamos por alto hace un rato? Es muy distinto de los otros. Con una atmósfera hospitalaria y una superficie con rasgos distintivos, parece que ha sido especialmente creado para albergar la vida pues está colocado a una distancia del sol que posibilita temperaturas ambientes y campos magnéticos apropiados a ese efecto.

Y, como ya lo veremos, así fue.

Breve Digresión Y Advertencia Acerca De La »Adaptación«

En el resto de este capítulo examinaremos los rasgos de la Tierra que dejan en claro que nuestro planeta fue creado específicamente para albergar la vida. Pero antes de hacer eso, necesitamos hacer una breve digresión con el objeto de evitar la posibilidad de cualquier mal entendido.

Dicha digresión va dirigida especialmente a esos que tienen el hábito de admitir como verdad científica la teoría de la evolución y aceptan convencidos el concepto de »adaptación«.

»Adaptación« es el substantivo del verbo »adaptar« e implica modificaciones según las circunstancias cambiantes. En el uso que le dan los evolucionistas significa »la modificación de un organismo o sus partes para hacerlo más apropiado a la existencia bajo las condiciones del ambiente dado«.

venus surface

LA SUPERFICIE INFERNAL DE VENUS
La temperatura en la superficie de Venus, que alcanza 450°C, es suficiente para fundir el plomo. Esa superficie se asemeja a una pelota de fuego cubierta con lava. Tiene una atmósfera gruesa de ácido sulfúrico y éste se precipita constantemente en forma de lluvia. La presión atmosférica en la superficie es noventa veces la de la Tierra: resulta equivalente a la que existe en el mar a mil metros por debajo de la superficie.

La teoría de la evolución supone que toda la vida sobre la Tierra deriva de un solo organismo (un solo ancestro común) que pasó a existir como resultado de la casualidad.

La teoría de la evolución, para sustentar su posición, hace un uso marcado de este sentido de la palabra »adaptación«. Los evolucionistas afirman que los organismos vivientes cambian a nuevas especies por medio de adaptarse a su entorno.

Ya hemos discutido detalladamente en otros libros la invalidez de esta suposición. Vimos que los mecanismos de adaptación a las condiciones naturales de los seres vivientes pasan a jugar un papel sólo bajo ciertas circunstancias y que una especie nunca puede transformarse en otra bajo ninguna circunstancia55. (Esto está resumido en el apéndice, bajo el título »El Engaño del Evolucionismo«).

La teoría de la evolución, con su concepto de »adaptación«, es realmente una forma de Lamarckismo, una teoría de la evolución orgánica que sostiene que el ambiente produce cambios estructurales en los animales y en las plantas —que pueden transmitirse a la descendencia—, aunque como teoría ha sido descartada firme y apropiadamente por los círculos científicos.

Así y todo, la idea de adaptación, aunque sin ninguna base científica, influyó en muchísima gente, motivo por el cual debemos ocuparnos de este punto antes de avanzar.

De la idea de la adaptabilidad de las formas de vida a la idea de que la vida pudo haberse desarrollado en otros planetas como sucedió en la Tierra, hay sólo un paso.

La posibilidad de que, supuestamente, pequeñas criaturas verdes que viven en Plutón pueden dar lugar a un ligero exudado cuando la temperatura trepa a 238°C, respirar helio en vez de oxígeno y beber ácido sulfúrico en vez de agua, es algo que gusta a la gente fantasiosa, especialmente cuando esa fantasía ha sido muy metida por los estudios de Hollywood.

Pero esas ilusiones sin valor (de las que están hechas las películas de Hollywood) no son defendidas ni por los evolucionistas mejor informados sobre la biología y la bioquímica.

Saben muy bien que la vida existe solamente si están disponibles las condiciones y elementos necesarios. Los defensores de los pequeños hombres verdes (u otras formas de vida extrañas) son aquellos que a la vez que adhieren ciegamente a la teoría de la evolución, ignoran hasta los fundamentos mismos de la biología y de la bioquímica, presentándose con escenarios absurdos.

Así, para comprender el error en el concepto de adaptación, lo primero que necesitamos es advertir que la vida puede existir solamente si se presentan ciertas condiciones esenciales.

El único modelo de vida que se basa en conceptos científicos es el de la vida fundamentada en el carbono. Los científicos están de acuerdo que en el universo no se puede encontrar ninguna forma de vida que no se fundamente en el carbono.

El carbono es el sexto elemento en la tabla periódica. Este átomo es la base de la vida en la Tierra porque todas las moléculas orgánicas (como los ácidos nucleicos, los aminoácidos, las proteínas, las grasas y los azúcares) se forman por medio de la combinación del carbono con otros elementos, de maneras distintas.

El carbono forma millones de distintos tipos de proteínas combinándose con el hidrógeno, el oxígeno, el nitrógeno, etc. Ningún otro elemento puede tomar el lugar del carbono.

Como veremos en la sección que sigue, ningún elemento distinto del carbono tiene la capacidad de formar los muy distintos tipos de uniones químicas de las que depende la vida.

En consecuencia, donde vaya a existir la vida, en cualquier planeta, en cualquier lugar del universo, se tiene que basar en el carbono56.

Hay una serie de condiciones absolutamente esenciales para que exista la vida basada en el carbono. Por ejemplo, los compuestos orgánicos basados en el carbono (como las proteínas) pueden existir solamente dentro de un cierto rango de temperaturas.

Comienzan a disociarse al pasar los 120°C y sufren daños irreparables si se congelan por debajo de –20°C. Pero no es sólo la temperatura la que juega un papel principal en la determinación de los límites aceptables para que exista la vida basada en el carbono: también lo hacen el tipo y cantidad de luz, la fuerza de gravedad, la composición de la atmósfera y la intensidad del campo magnético.

La Tierra provee, exactamente, esas condiciones necesarias para que la vida sea posible. Si se modificase aunque más no sea una de esas condiciones, si por ejemplo la temperatura promedio superase los 120°C, en la Tierra no habría ningún tipo de vida.

Por lo tanto, nuestras pequeñas criaturas verdes, que podrían producir un leve exudado cuando la temperatura se eleva a 238°C, inhalar helio en vez de oxígeno y beber ácido sulfúrico en vez de agua, no pueden existir de ninguna manera porque las únicas formas de vida son las que se fundamentan en el carbono.

La vida sólo puede existir en un medio ambiente dentro de ciertos límites y bajo condiciones deliberadamente diseñadas para sustentarla. Esto es válido para la vida en general y para los seres humanos en particular.

La Tierra es ese medio ambiente deliberadamente concebido.

La Temperatura Del Mundo

La temperatura y la atmósfera son los primeros factores esenciales para lo viviente en la Tierra, especialmente para organismos muy complejos, es decir, los seres humanos. Y ambos factores pasaron a existir como resultado de condiciones ideales.

Una de ellas es la distancia entre la Tierra y el sol. La Tierra podría no ser un lugar para la vida si estuviese tan cerca del sol como Venus o tan lejos como Júpiter: las moléculas basadas en el carbono pueden sobrevivir solamente entre 120°C y –20°C, y el nuestro es el único planeta cuya temperatura media se ajusta a esos límites.

Es muy difícil encontrar en el universo zonas con temperaturas así acotadas. El cosmos varía desde millones de grados en las estrellas más calientes al cero absoluto (–273°C).

air, water

A diferencia de otros 63 planetas y satélites grandes en nuestro sistema solar, el planeta Tierra es el único que posee atmósfera, temperatura ambiental y superficie apropiadas para la vida. El agua líquida es un requerimiento ideal para la vida y no se encuentra en ninguna otra parte del sistema solar. Tres cuarta partes de la superficie terrestre se encuentra cubierta con ella.

Y los intervalos térmicos que permiten la existencia de la vida son en realidad sutiles, escasos. Pero el planeta Tierra sí los posee.

Los geólogos norteamericanos Frank Press y Raymond Siever llamaron la atención sobre las temperaturas medias que prevalecen en la Tierra. Señalan:

»La vida, como la conocemos, es dable en un intervalo de temperatura estrecho, es decir, de un uno o dos por ciento de la escala entre el cero absoluto y la que existe en la superficie del sol«57.

El mantenimiento de esta escala térmica está relacionado también con la cantidad de calor que radia el sol, como así también con la distancia entre la Tierra y el sol.

Según cálculos, una reducción de un 10% en la energía radiada por el sol, resultaría en que la superficie de la Tierra se cubriría de capas de hielo de muchos metros de espesor.Pero si la radiación solar fuese algo mayor, todo lo viviente se achicharraría y moriría.

No sólo la temperatura media debe ser ideal. El calor disponible debe estar, asimismo, distribuido apropiadamente sobre todo el planeta. Para que esto suceda se tomaron una serie de precauciones especiales.

El eje de la Tierra tiene una inclinación de 23° 27’ respecto del plano de la eclíptica, con lo que se previene un sobrecalentamiento de la atmósfera en las regiones entre los polos y el ecuador, haciéndolas más templadas.

Si no existiese esa inclinación, el desnivel de temperaturas entre los polos y el ecuador sería mucho mayor que el actual y el clima no sería benigno o propicio para la vida.

La velocidad de rotación de la Tierra sobre su eje ayuda también a mantener la distribución térmica en equilibrio. La Tierra realiza una rotación completa una vez cada 24 horas, con el resultado de que los períodos alternativos de luz y oscuridad son favorablemente cortos, lo cual permite que la variación de temperaturas entre las partes iluminada y en penumbra del planeta, sea muy modesta.

La importancia de esto se puede ver en el ejemplo extremo de Mercurio, donde un día dura más de un año y donde la diferencia entre la temperatura diurna y nocturna es de unos 1000°C.

La geografía también ayuda a la distribución pareja del calor sobre la Tierra. Entre las regiones polares y la ecuatorial hay una diferencia de unos 100°C. Si esa diferencia existiese sobre un área completamente llana, el resultado sería vientos que alcanzarían una velocidad de unos 1000 km/h, que barrerían todo a su paso.

En cambio, al estar la Tierra llena de barreras geográficas, los grandes e intensos movimientos de aire que podrían ser provocados por esas diferencias térmicas, quedan bloqueados.

Esas barreras son distintas cadenas de montañas, como la que va desde el Pacífico en el este hasta el Atlántico en el oeste, iniciándose en el Himalaya en China y continuando en las montañas de Tauro en Anatolia y en los Alpes en Europa. El exceso de calor en las regiones ecuatoriales es transferido al norte y al sur por los mares, dada la extraordinaria capacidad del agua para conducir y disipar el calor.

Al mismo tiempo, hay una serie de sistemas de autocontrol que ayudan a mantener en equilibrio la temperatura atmosférica.

Por ejemplo, cuando una región se recalienta, allí aumenta la proporción en que se evapora el agua, con lo que se forman nubes que reflejan la luz del sol y se evita que el aire y la superficie de la Tierra se recalienten aún más.

La Masa De La Tierra Y El Campo Magnético Del Planeta

Para la vida, el tamaño de la Tierra no es menos importante que su distancia al sol, la velocidad de rotación o las características geográficas. Vemos que los planetas son de tamaños muy distintos.

El tamaño de Mercurio es menos de un décimo que el de la Tierra, mientras que Júpiter es 318 veces más grande. ¿Son casuales o deliberadas las diferencias de tamaños entre la Tierra y los otros planetas?

Al examinar las dimensiones de la Tierra es fácil ver que fue proyectada para que tenga el tamaño que exactamente tiene.

Los geólogos norteamericanos Frank Press y Raymond Siever comentan sobre la »adecuación« de la Tierra:

»Y el tamaño de la Tierra resultó prácticamente el correcto: ni demasiado pequeño como para perder su atmósfera a causa de que la gravedad también se hubiera reducido y no hubiera podido evitar que los gases escapasen al espacio, ni demasiado grande al punto que la gravedad hubiese retenido una atmósfera mucho más grande que incluiría los gases dañinos«58.

El interior de la Tierra también está especialmente proyectado, puesto que tiene un fuerte campo magnético, fundamental para la preservación de la vida.

Según Press y Siever:

»El interior de la Tierra es una gigantesca máquina productora de calor delicadamente equilibrada que usa combustible radioactivo… Si hubiese operado más lentamente, la actividad geológica hubiese sido más pausada o reducida. El hierro podría no haberse fundido y sumirse para formar el corazón líquido, con lo que el campo magnético no se habría desarrollado nunca… si hubiese habido más material radioactivo y la máquina calórica hubiese trabajado más de prisa, el gas y el polvo volcánico habrían impedido la visión del sol, la atmósfera habría sido opresivamente densa y la superficie habría padecido el agobio de terremotos y explosiones volcánicas«59.

El campo magnético del que hablan estos geólogos es de gran importancia para la vida. El mismo se origina a partir de la estructura del corazón de la Tierra, consistente en elementos pesados como el hierro y el níquel, capaces de portar carga magnética.

El interior de ese corazón es sólido y la parte externa líquida. El campo magnético de la Tierra se genera al moverse ambas partes de su corazón una alrededor de la otra y se extiende mucho más allá de la superficie del planeta.

De ese modo protege a éste de las radiaciones perjudiciales provenientes del espacio exterior. La radiación proveniente de otras estrellas no puede atravesar ese escudo.

El Cinturón de Van Allen, cuyas líneas magnéticas se extienden a 10 mil millas de la Tierra (16 mil km.), protege al globo de esa energía mortal.

Se calcula que las nubes de plasma atrapadas por el Cinturón de Van Allen llegan a veces a niveles de energía cien mil millones de veces más poderosos que el de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima.

Los rayos cósmicos también pueden ser dañinos, pero el campo magnético terráqueo deja pasar solamente un 0,1% de los mismos, y son absorbidos por la atmósfera.

La intensidad de energía eléctrica que se necesita para crear y mantener ese campo magnético es aproximadamente de mil millones de amperios, es decir, tanto como la humanidad ha generado a lo largo de la historia.

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1) Centro de hierro-níquel, 2) Magma (roca fundida), 3) Corteza
En el centro de la Tierra hay una especie de máquina transportadora del calor. Al funcionar de un modo tan perfectamente preciso, permite generar el escudo magnético del planeta pero sin inundar la corteza del planeta con lava.

Si no existiese ese escudo protector, la vida sería destruida una y otra vez por la radiación perjudicial o seguramente nunca hubiera existido. Pero como señalan Press y Siever, el corazón de la Tierra fue proyectado específicamente para que el planeta resulte seguro.

En otras palabras, hay un propósito especial, como lo dice el Corán:

Hemos hecho del cielo una techumbre protegida. Pero ellos se desvían de sus signos (los signos del cielo) (Corán, 21:32)

La Idoneidad De La Atmósfera

Como hemos visto, los rasgos físicos de la Tierra —masa, estructura, temperatura, etc.— son »los correctos para la vida«. Pero ellos solos no son suficientes para que la vida exista aquí. Otro factor vital es la composición de la atmósfera.

Hicimos notar antes cómo las películas de ciencia ficción engañan a veces a la gente. Un ejemplo de esto es la supuesta facilidad con que los exploradores espaciales se mueven en las atmósferas de los distintos planetas: parecería que se pueden encontrar atmósferas respirables en todo el espacio.

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Así ven la atmósfera de la Tierra los astronautas de la NASA al pasar sobre Filipinas.

Si exploramos el universo real descubriremos que eso no es para nada cierto: es muy improbable encontrar otros planetas con una atmósfera respirable. Sucede que la atmósfera de la Tierra está especialmente proyectada para sustentar la vida, con una serie de características cruciales.

La atmósfera de la Tierra se compone de 77% de nitrógeno, 21% de oxígeno y 1% de dióxido de carbono. Comencemos con el gas más importante: el oxígeno. Es fundamental porque participa en la mayoría de las reacciones químicas que liberan la energía requerida para todas las formas complejas vivientes.

Los compuestos del carbono reaccionan con el oxígeno. Como un resultado de ello se produce agua, dióxido de carbono y energía. Pequeños »paquetes« de energía llamados ATP (trifosfato de adenosina) que se usan en las células vivas, son generados por medio de estas reacciones.

Esto significa que para vivir necesitamos oxígeno constantemente. Por lo tanto, lo respiramos permanentemente para satisfacer dicha necesidad.Lo interesante en esto es que el porcentaje de oxígeno en el aire que respiramos está determinado de modo muy preciso.

Escribe al respecto Michael Denton:

»¿Podría la atmósfera contener más oxígeno y seguir sustentando la vida? ¡No! El oxígeno es un elemento muy reactivo. Incluso el porcentaje actual de oxígeno en la atmósfera (21%) está cerca del límite superior de seguridad para la vida a la temperatura ambiente. La probabilidad de que se desate el fuego en los bosques aumenta en un 70% con el solo incremento de un 1% de oxígeno en la atmósfera«60.

Según el bioquímico británico James Lovelock,

»Con más del 25% (de porcentaje de oxígeno en la atmósfera) sería muy poca la vegetación que podría sobrevivir a los furiosos incendios que destruirían por igual los bosques tropicales y la tundra ártica… El actual nivel de oxígeno se ubica en un punto donde los riesgos y los beneficios se equilibran delicadamente «61.

El hecho de que la proporción de oxígeno en la atmósfera permanezca en ese valor preciso, es el resultado de un sistema de »reciclado« maravilloso: los animales consumen oxígeno constantemente y producen dióxido de carbono, el cual no es respirable para ellos.

Los vegetales hacen lo opuesto: toman el dióxido de carbono, que lo necesitan para vivir, y liberan oxígeno. Gracias a ese sistema, la vida continúa existiendo. Los vegetales liberan millones de toneladas de oxígeno a la atmósfera diariamente.

Sin la cooperación y equilibrio de estos dos grupos distintos de seres vivientes, nuestro planeta sería inhabitable. Por ejemplo, si lo viviente sólo tomara dióxido de carbono y liberara oxígeno, la atmósfera de la Tierra sería mucho más propensa a la combustión y una pequeña chispa podría dar lugar a incendios enormes.

Similarmente, si sólo tomara oxígeno y liberara dióxido de carbono, eventualmente la vida desaparecería, es decir, cuando se haya consumido todo el oxígeno.

En realidad, como dice Lovelock, la atmósfera está en un estado de equilibrio donde los riesgos y los beneficios se encuentran sutilmente equilibrados.

La Atmósfera Y La Respiración

Respiramos durante toda la vida. Continuamente llevamos aire a los pulmones y luego lo expulsamos. Al hacerlo permanentemente podemos pensar que ello es algo normal, simple, aunque en realidad se trata de un proceso muy complejo.

Nuestros sistemas corporales se encuentran tan perfectamente diseñados que no necesitan estar pendientes de la manera en que debemos respirar. El cuerpo estima cuánto oxígeno necesita y hace los arreglos del caso para tomar la cantidad correcta, ya sea que se esté caminando, corriendo, leyendo o durmiendo.

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El aumento de sólo un 5% de la cantidad de oxígeno en la atmósfera de nuestro planeta daría lugar a incendios que destruirían gran parte de los bosques.

El motivo debido al cual la respiración es tan importante reside en que las millones de reacciones que constantemente deben tener lugar en el cuerpo para seguir vivos, requieren oxígeno.

Usted puede estar leyendo este libro gracias a las millones de células en la retina del ojo que son provistas con energía derivada del oxígeno. De la misma manera, todos los tejidos del cuerpo y las células que lo forman, toman la energía de la »combustión« de compuestos de carbono en el oxígeno.

El producto de esa combustión —el dióxido de carbono— debe eliminarse del cuerpo. Si el nivel de oxígeno en la corriente sanguínea disminuye, uno se desmaya. Y si la ausencia de oxígeno persiste durante unos pocos minutos, la resultante es la muerte.

Por eso respiramos. Al aspirar, el oxígeno fluye al interior de unas 300 millones de pequeñas cámaras en los pulmones. Los capilares ligados a esas cámaras lo absorben en un abrir y cerrar de ojos para pasarlo primero al corazón y luego al resto del cuerpo.

Las células de nuestro organismo usan el oxígeno y liberan dióxido de carbono en la corriente sanguínea; ésta lo lleva a los pulmones, de donde es expelido. Todo el proceso lleva menos de medio segundo: entra oxígeno »limpio« y sale dióxido de carbono »sucio«.

Usted podría desear saber porqué hay tantas de esas pequeñas cámaras (300 millones) en los pulmones. Existen para maximizar el área expuesta al aire. Están cuidadosamente plegadas para ocupar el menor espacio posible. Si se las desplegase, cubrirían la superficie de una cancha de tenis.

Hay otra cosa que debemos tener en cuenta. El diseño de esas cámaras en los pulmones y de los capilares que las conectan son así de pequeños y perfectos con el objeto de aumentar la velocidad de intercambio del oxígeno y del dióxido de carbono.

Pero ese diseño perfecto depende de otros factores: la densidad, la viscosidad y la presión de aire deben ser correctas con el objeto de que el aire entre y salga apropiadamente de los pulmones.

A nivel del mar, la presión del aire es de 760 mm de mercurio, la densidad a 4ºC y 760 mm de presión es de aproximadamente l gramo/litro y la viscosidad a 20ºC es de 0,18 milipoises, unas 60 veces menor a la del agua.

Aunque se podría pensar que estos valores carecen de importancia, son esenciales para la vida porque, como dice Michael Denton:

»La composición de la atmósfera como un todo y su carácter general —densidad, viscosidad, presión, etc.— deben ser muy similares a como se presentan, en particular para los organismos que respiran aire«62.

Cuando respiramos los pulmones usan la energía para superar una fuerza llamada »resistencia a la ventilación«. Esa fuerza es el resultado de la resistencia del aire al movimiento.

Sin embargo, debido a las propiedades físicas de la atmósfera, esa resistencia es suficientemente débil y los pulmones pueden ingresar y expeler el aire con un mínimo gasto de energía.

Si la resistencia del aire fuese mayor, los pulmones estarían forzados a un trabajo más pesado para poder respirar. Esto puede explicarse por medio de un ejemplo.

Es fácil introducir agua en una jeringa por medio de la aguja, pero es más difícil hacer lo mismo con miel. La razón reside en que la miel es más densa que el agua y también más viscosa.

Si la densidad, viscosidad y presión del aire fuesen más elevadas, respirar sería tan difícil como cargar la jeringa con miel por medio de la aguja.

Algunos pueden decir: »Eso es fácil de resolver. Con una aguja que tenga el canal de un diámetro mayor aumentaríamos el flujo de entrada«.

Pero si hacemos eso en el caso de los capilares de los pulmones, reduciríamos el área en contacto con el aire, con lo que habría un menor intercambio de oxígeno y dióxido de carbono en la misma cantidad de tiempo y las necesidades corporales no se verían satisfechas.

En otras palabras, los valores individuales de la densidad, la viscosidad y la presión del aire deben ubicarse dentro de ciertos límites con el objeto de que sea respirable. El aire que respiramos cumple exactamente con esa exigencia.

Comenta al respecto Michael Denton:

»Queda claro que si la densidad o viscosidad del aire fuese mayor, la resistencia a la ventilación llegaría a valores inaceptables y ningún rediseño posible del sistema respiratorio sería capaz de entregar suficiente oxígeno al organismo que lo inhala y cumple la actividad metabólica Por medio de representar todas las posibles presiones atmosféricas según todos los posibles contenidos de oxígeno, queda claro que solamente hay un intervalo diminuto…donde se satisfacen todas las condiciones para la vida… Seguramente es muy significativo que diversas condiciones esenciales se satisfagan solamente en esa intervalo diminuto en el campo de todas las atmósferas posibles«63.
earth

Esos valores que se determinan para la atmósfera no son necesarios solamente para que podamos respirar sino que también son esenciales para que nuestro planeta siga siendo azul.

Si la presión atmosférica a nivel del mar fuese mucho más baja, la cantidad de agua evaporada sería mucho más grande y ello produciría el efecto »invernadero«, se retendría más calor y se elevaría la temperatura media del planeta.

Por otra parte, si la presión fuese mucho más elevada, la vaporización sería menor y grandes partes del planeta se convertirían en desiertos.

Todos esos equilibrios delicadamente ajustados indican que nuestra atmósfera ha sido diseñada deliberadamente con esas precisiones para que la vida pueda existir en la Tierra.

Esta realidad, descubierta por la ciencia, nos muestra una vez más que el universo no es un amontonamiento accidental de materia. Indudablemente, hay un Creador que gobierna el universo moldeando la materia como El quiere, reinando sobre las galaxias, las estrellas y los planetas.

Ese poder supremo, como nos comunica el Corán, es Dios, el Señor de todo el universo.

Y el Planeta Azul que habitamos está diseñado especialmente ya que, como dice el Corán, se extendió la tierra… para disfrute vuestro (Corán, 79:30 y 33).

Otros versículos nos revelan que Dios ha creado la Tierra para que aquí viva el género humano:

Dios es Quien os ha establecido la tierra y hecho del cielo un edificio, os ha formado armoniosamente y os ha proveído de cosas buenas. Ese es Dios, vuestro Señor. ¡Bendito sea, pues, Dios, Señor del universo! (Corán,40:64)

El es Quien os ha hecho dócil la tierra. Recorredla, pues, de acá para allá y comed de Su sustento. La Resurrección se hará hacia El. (Corán, 67:15)

Los Equilibrios Que Hacen Posible La Vida

Hasta ahora hemos mencionados algunos de los delicados equilibrios imprescindibles para la vida en la Tierra. Al examinar ésta, podemos hacer una lista, tan larga como queramos, de esos »factores vitales esenciales«. El astrónomo norteamericano Hugh Ross hizo su propia lista.

Gravedad Superficial

— Si fuese mayor: la atmósfera retendría demasiado amoníaco y metano.

— Si fuese menor: la atmósfera del planeta perdería demasiado agua.

Distancia Desde la Estrella Principal

— Si fuese mayor: el planeta sería demasiado frío para un ciclo estable del agua.

— Si fuese menor: el planeta sería demasiado caliente para un ciclo estable del agua.

Espesor de la Corteza Terrestre

—Si fuese más gruesa: se transferiría demasiado oxígeno desde la atmósfera a la corteza.

— Si fuese más delgada: la actividad tectónica y volcánica sería demasiado grande.

Período de Rotación

— Si fuese mayor: las diferencias de las temperaturas diurnas serían demasiado grandes.

— Si fuese menor: las velocidades de los vientos serían demasiado grandes.

Interacción Gravitatoria con la Luna

— Si fuese mayor: los efectos de la marea en los océanos, la atmósfera y el período de rotación serían demasiados severos.

—Si fuese menor: los cambios en la inclinación de la órbita provocaría inestabilidades climáticas.

Campo Magnético

— Si fuese más intenso: las tormentas electromagnéticas serían demasiado rigurosas.

— Si fuese menos intenso: habría una inadecuada protección frente a la fuerte radiación solar.

Albedo (Proporción de luz reflejada del total que cae sobre la superficie terrestre)

— Si fuese mayor: enseguida se produciría una época glacial.

—Si fuese menor: enseguida se desarrollaría el efecto invernadero.

Proporción de Oxígeno y de Nitrógeno en la Atmósfera

— Si fuese mayor: las funciones avanzadas de la vida se desarrollarían demasiado rápido.

— Si fuese menor: las funciones avanzadas de la vida se desarrollarían muy lentamente.

Niveles de Dióxido de Carbono y de Agua en la Atmósfera

—Si fuesen mayores: el efecto invernadero se dispararía de modo incontrolable.

— Si fuesen menores: el efecto invernadero sería insuficiente.

Nivel de Ozono en la Atmósfera

— Si fuese mayor: la temperatura de la superficie del planeta sería demasiado baja.

— Si fuese menor: la temperatura de la superficie del planeta sería demasiado alta; habría demasiado radiación ultravioleta sobre la superficie terrestre.

Actividad Sísmica

— Si fuese mayor: se destruirían demasiadas formas de vida.

—Si fuese menor: los nutrientes en los lechos de los océanos (provenientes de los ríos) no se reciclarían hacia los continentes a través de la elevación tectónica64.

Los mencionados son algunos de los »designios decididos« y ejecutados con el objeto de que la vida se produzca y se mantenga. Estos solos ya son suficientes para demostrar que la Tierra no pasó a existir como resultado de la casualidad ni se formó como resultado de una cadena fortuita de sucesos.

Lo dicho y una miríada de otros detalles reafirman una verdad simple y llana:

Dios y sólo Dios creó de modo perfecto el universo, las estrellas, los planetas, las montañas y los mares, dando lugar a todo lo viviente para poner Sus creaciones, en cierto sentido, bajo el control del género humano.Dios y sólo Dios —fuente de misericordia y poder— es suficientemente pujante para crear algo de la nada.

Esa creación perfecta de Dios se describe así en el Corán:

¿Sois vosotros más difíciles de crear que el cielo que El ha edificado? Alzó su bóveda y le dio forma armoniosa. Obscureció la noche y sacó la mañana. Extendió, luego, la tierra, sacó de ella el agua y los pastos, fijó las montañas. Para disfrute vuestro y de vuestros rebaños. (Corán, 79:27-33)

NOTAS

54. F. Press, R. Siever, Earth, New York: W. H. Freeman, 1986, p. 2.

55. Ver: Harun Yahya, El Engaño del Evolucionismo: El Colapso Científico del Darwinismo y su Fundamento Ideológico«, Al-Attique Publishers, 2001, Canadá. (También on line: www.islamicinstitute.com, Islamic Institute of the Americas, Canadá - Argentina, Edición Revisada, 2001).

56. Michael Denton, Nature’s Destiny, p. 106.

57. F. Press, R. Siever, Earth, New York: W. H. Freeman, 1986, p. 4.

58. F. Press, R. Siever, Earth, New York: W. H. Freeman, 1986, p. 4.

59. F. Press, R. Siever, Earth, New York: W. H. Freeman, 1986, p. 4.

60. Michael Denton, Nature’s Destiny, p. 121.

61. James J. Lovelock, Gaia, Oxford: Oxford University Press, 1987, p. 71.

62. Michael Denton, Nature’s Destiny, p. 127.

63. Michael Denton, Nature’s Destiny, p. 128.

64. Hugh Ross, The Fingerprint of Good: Recent Scientific Discoveries Reval the Unmistakable Identity of the Creator, Oranga, California, Promise Publishing, 1991, pp. 129-32.

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